Bienvenidos a la máquina: Black Mirror finalmente les está volando el cerebro a los estadounidenses en su excelente tercera temporada, después de años circulando como un éxito de culto de boca en boca. Esta serie de terror inglesa de Charlie Brooker hace con las pantallas de computadora lo que Dark Shadows hacía con los vampiros: se sumerge en el horror de la tecnología, y va más allá de lo que nuestras mentes pueden comprender. ¿Nuestros smartphones son una innovación como la electricidad o el fluoruro, algo que pronto será aceptado como un hecho natural de la vida? ¿O son más como la fenciclidina o la metacualona, un invento que parece normal los primeros años pero después se reconoce que no es saludable para niños y otras criaturas vivas? ¿Qué hace con nuestra materia gris el hecho de estar constantemente cliqueando en nuestras pantallas? ¿Es irreversible el estado de vigilancia de las selfies? ¿Qué pasa cuando un tarado arruina tu calificación perfecta en Uber?

Parte del encanto irónico de Black Mirror es verlo en streaming en Netflix, en las mismas pantallas en las que ya vivís la mayor parte de tu vida emocional y comercial. Los episodios despliegan una pesadilla tecnológica distópica tras otra, todas ellas hipótesis delirantes llevadas a sus extremos lógicos más aterradores. ¿Qué pasaría si los emails de amantes muertos pudieran ser usados para clonarlos? ¿Qué pasaría si un grano que te insertaran el cerebro te permitiera recrear todas las escenas de tu historia sexual? ¿Qué pasaría si tu hermana usara tu laptop y te instalara por accidente una aplicación que te mandara mensajes de textos post-masturbatorios que dijeran "Sabemos lo que hiciste"?

La serie debería estar lejos de ser tan aterradora, puesto que sus ideas sobre la tecnología no son exactamente de vanguardia. La gente está preocupada por la adicción a la tecnología desde mucho antes de OK Computer, y como le cantaba Styx a Mr. Roboto, su amigo especial: "El problema está a la vista, demasiada tecnología/Máquinas para salvarnos la vida/Las máquinas deshumanizan". Y esto era en los ochenta -todavía no tenían llamadas en espera. El día después de perder la carrera presidencial en 1984, Walter Mondale les echó la culpa a los micrófonos, y dijo: "No me gustan estas cosas. Me gusta mirar a la gente a los ojos". No es diferente de Dante, en La divina comedia, advirtiendo que un exceso de literatura de amor cortés podía corromperte el alma -si la tecnología nos viene deshumanizado desde el siglo XIII, quizás en realidad no seamos demasiado humanos.

Foto: Gentileza Netflix

Esa es la idea de Black Mirror, y es la razón por la que da en el clavo en este momento. La tecnología, en estas viñetas, nunca es la trampa -la verdadera trampa mortal es el cerebro humano. Y en cualquier nivel de sofisticación tecnológica, encontramos maneras de involucrarnos. En "Men Against Fire", un episodio nuevo, hay un momento clave en el que un psicólogo del ejército le pregunta a un soldado homicida: "¿Cómo te sentiste emocionalmente?". El contesta: "No sentí nada". Te da escalofríos, especialmente si lo viste masacrar gente en tu pantalla y tampoco sentiste nada. Esto es lo que hace que el programa sea mucho más que una sátira de la tecnología -el verdadero blanco es la humanidad. Es como La dimensión desconocida actualizado para un mundo en el que permitimos que unos dispositivos extraños vivan la vida por nosotros, porque lo único que quieren es una oportunidad #para #servir al #hombre.

El capítulo "Nosedive", de esta temporada, es el más escalofriante de todo Black Mirror, escrito por Rashida Jones y Mike Schur, y en el que Bryce Dallas Howard descubre que toda su vida privada es una red social. (Su padre Ron una vez transformó este concepto en una comedia de Matthew McConaughey llamada EDtv, que a su manera era aún más aterradora). Todos los aspectos de su vida reciben una calificación estilo Yelp, de una a cinco estrellas, que van a su archivo permanente. Si caés debajo de una calificación de 3.5, tu vida se puede poner fea. Historias como esta explican por qué el programa no está hecho para mirarlo todo de una; consumir más de un episodio por vez produce rendimientos decrecientes. Es mucho más efectivo ver una hora y después tener tu día normal. O lo que antes parecía ser un día normal. Black Mirror logra hacer que todo parezca un poco menos normal.

Rob Sheffield